DOMINGO BAUTISMO DEL SEÑOR

DOMINGO 2 DEL TIEMPO ORDINARIO
16 enero, 2021

Miren a mi siervo, en quien tengo mis complacencias.

Lectura del libro del profeta Isaías: 42, 1-4. 6-7.

Esto dice el Señor: “Miren a mi siervo, a quien sostengo, a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En El he puesto mi espíritu para que haga brillar la justicia sobre las naciones.

No gritará, no clamará, no hará oír su voz por las calles; no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea. Promoverá con firmeza la justicia, no titubeará ni se doblegará hasta haber establecido el derecho sobre la tierra y hasta que las islas escuchen su enseñanza.

Yo, el Señor, fiel a mi designio de salvación, te llamé, te tomé de la mano, te he formado y te he constituido alianza de un pueblo, luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas”.

 

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Del salmo 28.

R/. Te alabamos, Señor.

Hijos de Dios, glorifiquen al Señor; denle la gloria que merece. Postrados en su templo santo, alabemos al Señor. R/.

La voz del Señor se deja oír sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es poderosa, la voz del Señor es imponente. R/.

El Dios de majestad hizo sonar el trueno de su voz. El Señor se manifestó sobre las aguas desde su trono eterno. R/.

 

Dios ungió con el Espíritu Santo a Jesús de Nazaret.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles: 10, 34-38.

En aquellos días, Pedro se dirigió a Cornelio y a los que estaban en su casa, con estas palabras: “Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere. Él envió su palabra a los hijos de Israel, para anunciarles la paz por medio de Jesucristo, Señor de todos.

Ya saben ustedes lo sucedido en toda Judea, que tuvo principio en Galilea, después del bautismo pre-dicado por Juan: cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, y cómo éste pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias.

Del santo Evangelio según san Marcos: 1, 7-11.

En aquel tiempo, Juan predicaba diciendo: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. Por esos días, vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía:”Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía del Bautismo del Señor

 

Queridos hermanos y hermanas: Hoy celebramos en la Iglesia el Bautismo del Señor y con ello damos por concluidas las fiestas de navidad.

         Recordemos que Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Los cielos, digámoslo así, estaban cerrados. Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz. Ya no había profetas. Nadie hablaba impulsado por su Espíritu.

Lo más duro era esa sensación de que Dios los había olvidado. Ya no le preocupaban los problemas de Israel. Y se preguntaban ¿Por qué permanecía oculto Dios? ¿Por qué estaba tan lejos? Seguramente muchos recordaban la ardiente oración de un antiguo profeta que rezaba así a Dios: Ojalá rasgaras el cielo y bajases.

Los primeros que escucharon el Evangelio de San Marcos tuvieron que quedar sorprendidos. Según su relato, al salir de las aguas del Jordán, después de ser bautizado, Jesús vio rasgarse el cielo y experimentó que el Espíritu de Dios bajaba sobre él. Por fin era posible el encuentro con Dios. Sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios. Se llamaba Jesús y venía de Nazaret.

Ese Espíritu que desciende sobre él es el aliento de Dios que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, a curarla y hacerla más humana. Los primeros cristianos no quisieron ser confundidos con los discípulos del Bautista. Ellos se sentían bautizados por Jesús con su Espíritu.

Sin ese Espíritu todo se apaga en el cristianismo. La confianza en Dios desaparece. La fe se debilita. Jesús queda reducido a un personaje del pasado, el Evangelio se convierte en letra muerta.

Sin el Espíritu de Jesús, la libertad se ahoga, la alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la comunión se resquebraja. Sin el Espíritu la misión se olvida, la esperanza muere, los miedos crecen, el seguimiento a Jesús termina en mediocridad religiosa.

Como diría el Papa Emérito Benedicto XVI por el bautismo nos unimos a Jesús para siempre y renacemos a una vida nueva. O Como mencionó el Papa Francisco: El Espíritu Santo verdaderamente nos transforma y cuenta con nosotros para transformar el mundo en que vivimos.

Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el descuido de su Espíritu. Es un error pretender lograr con organización, trabajo, devociones o estrategias diversas lo que sólo puede nacer del Espíritu. Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús, dejar que el Espíritu de Dios actúe en nosotros.

Como diría Eveling: El Espíritu Santo entra en el corazón, es decir, en el centro más profundo de la vida personal. De este modo, el Espíritu Santo que es Espíritu nuevo y renovador, crea un corazón nuevo, convierte el corazón de piedra en corazón de carne. Esto es, el Espíritu despierta el corazón y la conciencia del hombre o, por mejor decirlo, despierta al hombre mismo a una vida nueva y real que viene de Dios y está en Dios.

No nos hemos de engañar. Si no nos dejamos reavivar y recrear por ese Espíritu, los cristianos no tenemos nada importante que aportar a la sociedad actual tan vacía de interioridad, tan incapacitada para el amor solidario y tan necesitada de esperanza.

En el Bautismo de Jesús se revela, por primera vez, el misterio de la Trinidad. Las tres personas divinas se hacen sensibles: el Hijo en la persona de Jesús que está siendo bautizado por Juan; el Espíritu Santo en forma de paloma; el Padre mediante la voz del cielo. Es conveniente este testimonio. Porque ahora Jesús termina su vida retirada de Nazaret.

Jesús es un hombre más de los muchos que ahora se acercan para ser bautizados por Juan. Es imposible reconocer a Dios en Él. Tienen que intervenir el Padre y el Espíritu Santo con un solemne testimonio. De este modo van presentando al mundo el origen divino de Él.

El Bautismo del Señor es, entonces, la preparación e introducción en su vida pública. Por eso sucede la unción mesiánica por el Espíritu Santo, tal como lo anuncia el profeta Isaías en la primera lectura de hoy: Miren a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien tengo mis complacencias. Sobre Él he puesto mi espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones. (Isaías 42, 1-4. 6-7).

Por ello dice el Papa Francisco: Para transmitir la fe a  los niños y a los jóvenes de hoy, y ayudarlos a experimentar la verdad y el amor, los adultos deben ofrecerles ejemplos más que palabras.

También nuestro propio Bautismo tiene las mismas características que el de Jesús. Y tiene que ser así, porque este sacramento nos incorpora a Cristo, nos configura con Él y podemos dar testimonio. Por el Bautismo nos hacemos hermanos de Jesús, hijos de Dios Padre y templos del Espíritu Santo. Pero nuestro Bautismo no sólo nos regala los mismos dones como el de Jesús, sino exige también de nosotros la misma actitud: la actitud de filialidad, obediencia, disponibilidad y amor frente al Padre. Como diría el Papa Francisco: El Espíritu Santo nos hace ver de modo nuevo a los demás, como hermanos y hermanas en Jesús, a los que hemos de respetar y amar.

El Bautismo sólo es el primer paso en el largo camino hacia el Padre. Sabemos que el sentido, la meta de nuestra vida terrenal es ir hacia el Padre, volver a la Casa de Dios. Si reflexionamos sobre el Evangelio de hoy, nos surge una pregunta evidente: ¿Por qué Jesús se deja bautizar por Juan, haciéndose común con los pecadores? Cristo está libre del pecado, por eso no necesita bautizarse. Pero Él quiere solidarizarse con nosotros, los pecadores. Así puede señalarnos el camino de salvación y precedernos en él. Y a la vez nos indica la condición para iniciar ese camino: tenemos que reconocernos pecadores ante Dios. Es como el fundamento de nuestro ser cristiano. Porque sólo los pecadores buscan y precisan el Bautismo.

Por eso los fariseos no se someten al Bautismo de Juan: se creen dispensados de ello. No es por nuestros méritos personales que recibimos la salvación de Dios, sino por nuestros pecados. No debemos poner la confianza en nuestras propias fuerzas, sino ponerla en la misericordia, en el perdón y amor de Dios.

La fiesta de hoy es como un recordatorio del Bautismo que un día recibimos, y nos trae a la memoria nuestro nacimiento como hijos de Dios. El Bautismo no es sólo un acto de socialización dentro de la comunidad ni solamente de acogida en la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas, terminó esta reflexión dominical recordando que gracias a Jesús, a su bautismo, nuestra cercanía con Dios es posible. Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús, dejar que el Espíritu de Dios actúe en nosotros. Recordemos lo que dijo San Juan XXIII: No estamos solos en la tierra. Hay alguien que nos acompaña y nos presta su ayuda incomparable. El Espíritu Santo.

Descubramos la importancia del Espíritu de Dios en nuestra vida, de la acción que podemos realizar movidos por su Espíritu. Y recordemos que lo único que nos salva y que nos va a salvar, al terminar nuestra vida, es la bondad, el amor misericordioso del Padre. ¡Qué así sea!