DOMINGO 28 DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO
3 octubre, 2019
DOMINGO 31 DEL TIEMPO ORDINARIO
1 noviembre, 2019

Volvió Naamán a donde estaba el hombre de Dios y alabó al Señor.

Del segundo libro de los Reyes: 5, 14-17.

En aquellos días, Naamán, el general del ejército de Siria, que estaba leproso, se bañó siete veces en el Jordán, como le había dicho Eliseo, el hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un niño.

Volvió con su comitiva a donde estaba el hombre de Dios y se le presentó diciendo: “Ahora sé que no hay más Dios que el de Israel. Te pido que aceptes estos regalos de parte de tu siervo”. Pero Eliseo contestó: “Juro por el Señor, en cuya presencia estoy, que no aceptaré nada”. Y por más que Naamán insistía, Eliseo no aceptó nada.

Entonces Naamán le dijo: “Ya que te niegas, concédeme al menos que me den unos sacos con tierra de este lugar, los que puedan llevar un par de mulas. La usaré para construir un altar al Señor, tu Dios, pues a ningún otro dios volveré a ofrecer más sacrificios”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Del salmo 97, 1.2-3ab. 3cd-4.

R/. El Señor nos ha mostrado su amor y su lealtad.

Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas. Su diestra y su santo brazo le han dado la victoria. R/.

El Señor ha dado a conocer su victoria y ha revelado a las naciones su justicia. Una vez más ha demostrado Dios su amor y su lealtad hacia Israel. R/.

La tierra entera ha contemplado la victoria de nuestro Dios. Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo al Señor. R/.

 

Si nos mantenemos firmes, reinaremos con Cristo.

De la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo: 2, 8-13.

Querido hermano: Recuerda siempre que Jesucristo, descendiente de David, resucitó de entre los muertos, conforme al Evangelio que yo predico. Por este Evangelio sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo sobrellevo todo por amor a los elegidos, para que ellos también alcancen en Cristo Jesús la salvación, y con ella, la gloria eterna.

Es verdad lo que decimos: “Si morimos con él, viviremos con él; si nos mantenemos firmes, reinaremos con él; si lo negamos, él también nos negará; si le somos infieles, él permanece fiel, porque no puede contradecirse a sí mismo”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?

Del santo Evangelio según san Lucas: 17,11-19.

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!” Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ése era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía del Domingo 28 del tiempo ordinario

La gratitud

 

Queridos hermanos y hermanas: La liturgia de hoy propone a nuestra consideración dos relatos de curaciones: la de Naamán, general del ejército de Siria, y la de los diez leprosos que se encontraron con Jesús cuando éste iba camino de Jerusalén.

El común denominador de estas dos situaciones es la curación de la enfermedad de la lepra que, según los conceptos médico – religiosos de la época, era estigmatizada porque se le interpretaba como un castigo de Dios e implicaba una marginación total de la vida de la comunidad.

Naamán, el general sirio, y los diez leprosos fueron curados de su enfermedad. Como tema de nuestra meditación dominical, los invito a que profundicemos en el agradecimiento, que es la respuesta natural ante un favor que se ha recibido.

En el contexto de aquella época, ser curado de la lepra era un beneficio que superaba toda ponderación porque era como regresar de la muerte para reincorporarse al mundo de los vivos. Veamos cómo respondieron ante el don de la curación.

Naamán quiere agradecer al profeta Eliseo y dice: “Ahora sé que no hay más Dios que el de Israel. Te pido que aceptes estos regalos”. La negativa del profeta le hace entender que el agradecimiento debía dirigirse directamente a Dios, Señor de la vida.

La respuesta de los diez leprosos curados por Jesús es diferente. Sólo uno de ellos, que pertenecía al despreciado grupo religioso de los samaritanos, regresa para manifestar su agradecimiento.

¿Cuál era el interés que motivaba a los nueve leprosos que no expresaron su agradecimiento a Jesús?

Al verse curados, su máximo interés era llegar al Templo de Jerusalén, presentarse a los sacerdotes y obtener el reconocimiento de que la enfermedad había desaparecido.

El “visto bueno” de los sacerdotes les permitiría reintegrarse a las actividades cotidianas de la comunidad.

Su prioridad era recuperar su puesto en la comunidad; no estaban interesados en gastar tiempo en agradecer al autor de esta transformación de sus vidas.

El samaritano descrito por el evangelista San Lucas vive su curación no sólo como un hecho de significado social -reintegrarse a la sociedad- sino principalmente como un encuentro con la misericordia de Dios. El evangelista San Lucas nos cuenta que “al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio gracias”.

Los leprosos se acordaron de Dios cuando estaban enfermos: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”; fueron capaces de expresar una oración de petición, pero no se acordaron de hacer una oración de acción de gracias. Así como la gratitud es un sentimiento que manifiesta la calidad humana de las personas, la ingratitud es reflejo de unas relaciones interpersonales basadas en el interés; se acordaron de Jesús mientras podía serles útil.

Si nosotros hacemos una cuidadosa revisión de nuestras vidas, descubriremos que la Providencia amorosa de Dios nos ha acompañado siempre.

Es posible que hayamos vivido situaciones muy fuertes en las que hemos sentido particularmente cerca la presencia de Dios. Pero debemos tener presente que Dios se suele manifestar, no a través de hechos extraordinarios, sino en la simplicidad de la vida diaria; quien tenga una vida interior profunda podrá ver las huellas de la presencia de Dios: en el amor de los padres que colaboran con el plan creador de Dios, en la relación de pareja, en los hijos, en el servicio a la comunidad, en la contemplación de la naturaleza, en el arte, etc. Dios se manifiesta a través de sus creaturas, pero no lo escuchamos porque estamos inmersos en mil distracciones.

Es importante, entonces, que el agradecimiento sea una actitud que se interioriza desde el hogar:

Que los esposos expresen el agradecimiento por lo que el otro aporta para la convivencia armoniosa. Que los hijos valoren lo que sus padres les han dado: la vida, la protección, la educación, el consejo. A medida que los padres envejecen, los hijos tendrán muchas oportunidades de agradecerles y recompensarles los beneficios recibidos. Que los estudiantes aprecien los conocimientos aportados por sus maestros, que los acompañaron en su proceso de maduración.

Que reconozcamos los mil servicios que recibimos en la vida diaria: la señora que nos sirve la taza de café, la secretaria que hace la llamada, la empleada que trabaja en el supermercado.

Expresiones tales como “por favor” y “gracias” no son simples convencionalismos sociales sino que manifiestan una actitud respetuosa ante los demás.

Termino esta reflexión dominical invitándolos a cultivar el agradecimiento como valor humano y como una genuina expresión de fe que reconoce la acción de Dios en las creaturas. De ahí la riqueza teológica de la oración de María después del anuncio del ángel: “Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque miró la pequeñez de su esclava”. Así sea.