DOMINGO 18 DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO 19 DEL TIEMPO ORDINARIO
6 agosto, 2020

Vengan a comer.

Del libro del profeta Isaías: 55, 1-3.

Esto dice el Señor: “Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar. ¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario, en lo que no alimenta? Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platillos sustanciosos.

Préstenme atención, vengan a mí, escúchenme y vivirán. Sellaré con ustedes una alianza perpetua, cumpliré las promesas que hice a David”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Del salmo 144.

R/. Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus creaturas. R/.

A ti, Señor, sus ojos vuelven todos y tú los alimentas a su tiempo. Abres, Señor, tus manos generosas y cuantos viven quedan satisfechos. R/.

Siempre es justo el Señor en sus designios y están llenas de amor todas sus obras. No está lejos de aquellos que lo buscan; muy cerca está el Señor, de quien lo invoca. R/.

Nada podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús.

De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 8, 35. 37-39.

Hermanos: ¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada?

Ciertamente de todo esto salimos más que victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado; pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni el presente ni el futuro, ni los poderes de este mundo, ni lo alto ni lo bajo, ni creatura alguna podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Comieron todos hasta saciarse.

Del santo Evangelio según san Mateo: 14, 13-21.

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos.

Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

 

 

 

 

Homilía del Domingo 18 del Tiempo Ordinario

Multiplicación de los panes. Solidaridad

 

Queridos hermanos y hermanas: El texto que nos ofrece el evangelista San Mateo narra la multiplicación de los panes. Este milagro de Jesús tuvo un impacto muy grande en la primera comunidad cristiana que entendió que este gesto de Jesús, satisfacer el hambre de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, no sólo se refería a la satisfacción de la necesidad física de alimentarse, sino que también hacía referencia a la Eucaristía, pan que satisface los anhelos más profundos del corazón humano.

Para comprender mejor el significado de este relato de la multiplicación de los panes, es necesario ubicarlo en un contexto más amplio. La tradición de la Iglesia nos enseña que al leer la Biblia siempre debemos tener presente la conexión existente entre el Antiguo Testamento, que contiene las promesas hechas por Dios a su pueblo, y el Nuevo Testamento, que nos muestra cómo esas promesas se hacen realidad en Jesús.

Pues bien, en este relato de la multiplicación de los panes encontramos unas conexiones muy interesantes con el Antiguo Testamento. Jesús recoge y lleva a plenitud hechos que se habían producido en la historia de Israel. Hay que leer este milagro de la multiplicación de los panes en conexión con dos relatos del Antiguo Testamento.

En el libro II de los Reyes, el profeta Eliseo multiplica veinte panes de cebada y con ellos alimenta a cien hombres. Dice el texto: Dáselo a la gente para que coman, porque así dice Yahvé: comerán y sobrará. Se lo dio, comieron y dejaron de sobra. Jesús repite el gesto de Eliseo y da de comer a más de cinco mil hombres.

La Biblia también nos cuenta que Dios alimentó a su pueblo con maná durante la travesía por el desierto. Igualmente Jesús sigue alimentando a su Iglesia con el pan eucarístico mientras peregrina a través de la historia.

Este relato de la multiplicación de los panes nos permite conocer mejor a Jesús. A este propósito, encontramos dos elementos que vale la pena destacar:

San Mateo nos dice que las multitudes lo seguían. Jesús era un poderoso imán que atraía a sus contemporáneos por su personalidad, por su profunda espiritualidad, por las enseñanzas que impartía, por los milagros que realizaba. Jesús no tenía un momento de privacidad; las multitudes lo asediaban pues deseaban verlo, escucharlo, tocarlo.

Este texto de San Mateo nos ofrece un segundo rasgo de la personalidad de Jesús; se trata de su sensibilidad ante las necesidades de quienes lo rodeaban. El corazón de Jesús siempre estuvo abierto para acoger las necesidades de quienes lo seguían y dar solución a ellas. En este texto, San Mateo nos dice que al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Esta sensibilidad de Jesús nos anima a manifestarle nuestras preocupaciones, pues él desea lo mejor para nosotros. Como dijo William Shakespeare dramaturgo, escritor y poeta británico: Hemos venido a este mundo como hermanos; caminemos, pues, dándonos la mano.

Durante su vida terrena, Jesús siempre estuvo atento para responder a las carencias materiales y espirituales de sus seguidores; Jesús resucitado sigue siendo nuestro compañero de camino.

La búsqueda del crecimiento interior debe incluir el desarrollo de todas las potencialidades del ser humano. Por eso la acción social de la Iglesia debe nutrirse de la Eucaristía, en cuanto la comunidad que se reúne para escuchar la Palabra y alimentarse con el Pan de Vida se compromete en la búsqueda de la equidad y la inclusión social. Fe y justicia, Eucaristía y solidaridad con los pobres son binomios inseparables. Como dijo San Juan Pablo II: La solidaridad no es un sentimiento superficial, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos y cada uno para que todos seamos realmente responsables de todos.

No podemos permanecer impasibles ante la pobreza. Debemos actuar en la medida de nuestras posibilidades. Recordemos que el hambre y la pobreza son pluriformes, siendo importantes las carencias materiales, pero hay otro tipo de carencias. Somos testigos impotentes del hambre de pan, de trabajo, de vivienda, de dignidad, de cultura, de estima y afecto; hambre de absoluto, hambre de Dios. Más aún si esta hambre está presente en nuestra familia, con nuestros compadres o con nuestros vecinos.

En el mundo de hoy hay nuevos tipos de pobres: por ejemplo, los ancianos solitarios, los enfermos terminales, los niños de la calle, las mujeres abandonadas, los drogadictos, los alcohólicos, los portadores del VIH/Sida.

Ante el drama de la pobreza no tranquilicemos la conciencia diciendo que es un problema que debe ser resuelto por los gobiernos y los organismos internacionales. Todos somos corresponsables. Preguntémonos qué más podemos hacer.

Ahora los invito a dirigir nuestra mirada a los discípulos: ¿cómo actúan frente a la situación que se les presenta? La situación es preocupante: delante de ellos se encuentra una multitud que sigue a Jesús y no existe una infraestructura que permita atender a sus necesidades básicas.

La primera reacción es evitar que la situación se complique y por eso sugieren a Jesús una solución práctica: Estamos en despoblado y es muy tarde; despídelos de manera que vayan a las aldeas y compren alimentos. Es una solución fácil, que no les exige ningún compromiso.

Sin embargo, Jesús tiene una forma diferente de afrontar la situación; para Jesús la solución no está en enviarlos al pueblo sino que está en el compartir.

Pues como decía Séneca: Los hombres son ricos, sólo en la medida de lo que dan, el que da un gran servicio, recibe una gran recompensa.

Los escasos recursos, cinco panes y dos peces, se multiplican de manera que no sólo quedan satisfechos todos los que estaban reunidos, sino que sobra comida.

Este texto de San Mateo nos muestra cómo la solidaridad genera unas dinámicas extraordinarias, capaces de superar las difíciles condiciones que padecen las comunidades. No se trata de regalar una moneda en los semáforos; no se trata de dar ropa vieja al indigente que toca a nuestra puerta. Por ello, como dijo William Shakespeare dramaturgo, escritor y poeta británico: No basta levantar al débil, hay que sostenerlo después.

La solidaridad nos pide dedicar parte de nuestro tiempo a las personas solas y necesitadas; nos pide crear nuevos puestos de trabajo; nos pide aportar nuestros recursos a instituciones honestas dedicadas al servicio de los más pobres. La solidaridad nos invita a dirigir nuestra mirada a nuestro alrededor, a nuestros familiares y descubrir quién necesita de lo que yo poseo y ayudarlo con alegría, nos invita dirigir la mirada a los niños y a las mujeres que pasan hambre. Miren, para ser solidario no se necesita ser rico: todos, pobres y ricos, podemos y debemos actuar a favor de los más necesitados. Siempre es posible compartir. Como mencionó Goldsmith Oliver, escritor y médico inglés: El mayor espectáculo es ver a un hombre esforzado luchando contra la adversidad; pero hay otro aún más grande: ver a otro hombre lanzarse en su ayuda.

Termino esta reflexión dominical recordando que Jesús es sensible a las necesidades humanas y da respuesta a ellas y nosotros también estamos llamados a ellas. Pues como dijo William Auden, poeta y ensayista anglo-americano: Estamos en la tierra para ayudar a los otros.

Este relato de la multiplicación de los panes muestra cómo Jesús atiende, simultáneamente, los vacíos espirituales y materiales de sus seguidores. Con el pan de trigo alimenta a la multitud hambrienta; y con sus enseñanzas responde a los interrogantes espirituales más hondos.

Aquí, Jesús da una profunda lección a los padres de familia: no basta con cubrir las necesidades materiales de los hijos: pagar el colegio, vestirlos, rodearlos de comodidades. Es mucho más importante darles el pan del afecto, dedicarles tiempo, compartir con ellos, escuchar sus preocupaciones. Así sea.